Hoy es Martes 23 de Enero de 2018

Lucía González, Profesora de teatro, actriz, socióloga, psicóloga social y terapeuta

LO QUE ES ESTÁ

Te viste obligada a obviar este amor para tratar férreamente de seguir adelante como un yo separado, pero no dejó de existir. Como dice el dicho: “lo que resistes persiste”. O con palabras de la abuela maya Margarita: “Cuando miras a los ojos y dejas entrar a la otra persona en ti y tú entras en esa persona y te haces uno, esa relación de amor es para siempre.” Ese es el miedo más grande: descubrir que amamos sin medida y sin caducidad. Amamos siempre, tantas cosas y sobre todo personas, que en nuestra mente en muchos momentos preferiríamos no amar. Miedo al amor y miedo al dolor. Parafraseando el título de aquel famoso libro de Eric Fromm: “el miedo a la libertad” de amar sin límites, ni condiciones…
¿Recuerdas? Es el único miedo que quizás supere incluso al miedo a la muerte. Descubrir más tarde o más temprano que el amor es el componente más central de nuestra naturaleza, es nuestra esencia misma. Y cuando lo sentimos apagado o “muerto”, nos deprimimos o deseamos morir también. Esto viene a ser como el principio del fin de todo lo que creíamos separado, o que se podía separar…
Luchas, a veces desde el odio. No puedes con la percepción de esta verdad tajante, no sabes cómo digerirla, y te aíslas. Buscas efectos materiales de separación con los que ‘blindarte’, como si te sirvieran de algo, por una parte, o por otra, te arrinconas envuelta en tristeza a dejarte morir... Te enfadas con las demás personas porque el amor está ahí y tú no quieres que esté. Te duele, duele tanto… Tal vez no te guste, tal vez te quejes continuamente, tal vez juzgues y prejuzgues, tal vez te resistas a la cercanía, al roce, o a darte tiempo de sentir lo que hay en tu corazón, tal vez la culpa te ate de pies y manos, tal vez cargues con un saco de explicaciones que te ayude a ese mejor blindaje de las resistencias… El amor es indestructible, paradójicamente solo se le acalla aparentemente enfermando.
Y la culpa… ¡Ay, la culpa! Ese sentimiento tan ajeno a la persona. Precisamente por amor, la culpa en algún momento se hace carne de nuestra carne y se convierte en un “amor imposible” que ni come ni deja comer. De hecho, se convierte en la pareja más fiel. Visto lo visto, te conformas. Te acomodas como puedes. Incluso crees haber aprendido a vivir y a entenderte con esta ‘pareja’ y a duras penas te entrenas en que, como en todas las parejas, ésta tampoco te acogote demasiado. Al fin de cuentas no es extraño acabar descubriendo que tu pareja no te gusta demasiado. Es de lo más normal ¿no? Lo cierto es que es una pareja de lo más tóxica. Sin embargo de ésta, a menos que apuestes de verdad por amarte, no hay divorcio que valga… Con las anteriores parejas de tu vida te dabas cuenta que al final terminabas siempre huyendo, con el indefectible ‘suspenso’ en el aprendizaje de la relación amorosa.
Ahora es imposible. De ésta no hay quien te separe. Al contrario, con los años, de tanto engordarla se ha hecho dueña de ti. Y de esta profunda unión nace el miedo/rabia que a su vez la sigue alimentando, con lo que cada vez se hace más difícil tomar distancia y no terminas de aprender lo que en definitiva esto te está queriendo mostrar de ti.
Es paradójico ver que todo se reduce a aprender a verse claramente en el espejo y amarse… ¿Merece la pena tanto estrés, tanto ‘blindaje’?... Parece que aunque huyas del amor es una necesidad tan primaria, tan como el aire que respiras, que no puedes desprenderte de él… Yo soy AMOR. Y nunca se irá desde su cara del sufrimiento hasta que la lección no esté aprendida. Aquí las resistencias son su principal síntoma.
De repente, dentro de ese bunker construido alrededor de tu ‘zona de controlado confort’ relativo –todo hay que decirlo- te despiertas de un bote una noche a las 3 de la madrugada y te ves sentada en el borde de la cama, sin saber por qué, sin recuerdo de ninguna pesadilla. ¡Vaya susto! No había una razón aparente para ese brusco despertar… que empieza a acompañarse de una fuerte taquicardia que duró lo suyo. Tuviste que salir de la cama y acompañada de tu fiel ‘pareja’ vestida de miedo, que parecía decirte busca ayuda, y obnubilada, con el corazón que parecía salirse por la boca, te fuiste pertrechando de las mínimas cosas necesarias para salir pitando. ¿Adónde voy? ¿A urgencias?… ¿A que me pongan una pastilla bajo la lengua, esperar una hora a que me atiendan y me digan que tengo un ataque de ansiedad?... ¡como que no! Solo pensarlo te enfermas más. A donde único se te ocurre es irte a casa de… la persona que sigue estando en tu corazón. ¡Caray! ¡Se te enciende una bombillita! Es como intuir de repente que ella, con esa persona, de alguna manera encontraría el antídoto… Pero no, acabas de percibir un dato importante pero el ego vuelve a la carga. Te justificas con aquello de sentirte físicamente acompañada en algo así como una situación de desamparo, mientras te recuperas y punto. Una vez más esa incrustada visión de un yo y de un tú separados, donde el amor sigue perdiendo batallas y necesitamos por tanto más tiempo de sufrimientos.
Sin embargo, en tu deambular nocturno aquella noche en medio de esa crisis, algo era distinto a otras veces. Había miedo pero también una cierta serenidad de fondo que te permitía mantenerte como observadora de ti misma y al mismo tiempo ser y hacerte compañía. Esta vez el miedo no se desbordaba en pánico. Así fuiste acompañándote y cuidándote todo el tiempo que hizo falta, hasta que te volviste a quedar dormida tumbada en el sofá del salón.
A la mañana siguiente… ¡ufff! Costaba ponerse en movimiento. Pero lo hiciste. Una de las cosas aprendidas con disciplinas como las del zen, por ejemplo, es no dejarse ‘apresar’ totalmente por algo sino mantenerse atenta a la realidad de lo que toca en cada momento. Así fuiste fluyendo con el nuevo día. De fondo dejando que el episodio de la noche anterior se sedimentara… Eso sí, la honestidad contigo misma, aunque sin saber mucho conscientemente por dónde iban los tiros, te mantenía abierta a dejarte comprender la lección de la noche anterior.
“Si te encuentras en medio del desierto sin agua y sin equilibrio, busca primero el equilibrio”, reza una sentencia oriental. Si ya de por sí eso supone la meta del día a día humano, lo del equilibrio no bien entendido puede ser además de una increíble y tramposa sutileza si no te ejercitas consciencia en una transparente auto observación. De hecho tú, en tu ‘zona de relativo confort’ creías tener controlado el mecanismo ritual de ese necesario equilibrio y pensabas estar bien anclada en él retroalimentándolo cada día con tus decretos, afirmaciones y cómo no, meditaciones. Pues no, el episodio nocturno te cuestionaba algo. Eso pasa a menudo, creemos tenerlo todo controlado y un pequeño movimiento sísmico viene a avisarte de algo que no te estás dejando percibir. Es más, tal vez te avisa de una vieja y profunda resistencia a modo de placa tectónica que vuelve a chocar contra la realidad. Tal vez una antigua resistencia que no ‘resuena’ con la onda energética predominante actualmente en tu vida.
De hecho, ¿qué pasaría si dejaras de controlar y te libraras de cualquier urgencia, hasta del más ínfimo deseo de control de algo, incluso de controlar todo lo que te estuviera sucediendo en el momento presente? Imagina deshacerse del ansia de control a todos los niveles.
Aun para personas ‘trabajadas’ como tú también existen todavía viejas resistencias que no son otra cosa que profundos ‘pozos’ de control. Donde quedan sedimentos en el fondo que si no nos mantenemos en atención nos ‘trampean’. Resumiendo, la diferencia entre personas que han tenido profundas experiencias en relación a su verdadera naturaleza y las que se sienten completamente libres es solo ésta: las personas libres se han deshecho por completo de la actitud del ansia de control.
Hay gente que cree que si hurgas en lo más profundo de nuestro maquillaje emocional te encuentras con el miedo, con la desconfianza, como la emoción básica que mantiene a la gente separada. Es así. Y lo sabes. Pero el episodio de la otra noche te avisó una vez más de tu desconfianza, de la tapadera del miedo. Es la vivencia de una sensación de pérdida de control sobre eso que vives como amenaza… Y qué bien aprender, ahí estás con toda la honestidad posible dejándote ver, descubrir lo que hay detrás.
La pregunta, o preguntas, son: ¿qué es lo que siento como amenaza? ¿de qué desconfío o temo perder el control? ¿a qué me sigo aferrando o resistiendo? ¿de qué te sirve tanto estrés?... Esto si necesitamos ir por partes, si no la gran pregunta es:
¿Serías capaz de experimentar y saborear la libertad de confiar en ti, de rendirte, perder el control, soltar, aflojar, dejar ir?... Entonces, cuando esto sucede y optamos por confiar, el Universo celebra el renacimiento de una radiante estrella que se deja SER quien es. Lo que es está.

Lucía González
Profesora de teatro, actriz, socióloga, psicóloga social y terapeuta...

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